sábado, 25 de abril de 2026

Amar con amor amable y paciente


A veces me es difícil ser amable y paciente.
Conmigo misma pero también con otros.
Algunas personas me son más fáciles de perdonar y de amar.
Confieso que cuando no lo hago, no veo a Cristo, solo veo mis argumentos en su contra. Mi razón. Mi ley. Mi juicio.
Vez tras vez se repiten ciclos que me dominan, que controlan mi reacción y es en dónde me siento esclava de mi carne. Mis pasiones me dominan.
Vez tras vez pienso en Jesús y en cómo hizo Él para amar. Amarme. Amarnos.

Hoy mi mente vuelve a rumiar, después de una confrontación donde los buenos argumentos me llegan tarde, mucho después de que el debate terminó. La adrenalina se fue, pero mi mente hasta ahora empieza a maquinar las mejores respuestas a mi favor y en su contra. Ya para qué. Ya no quiero pensar en esto, pero los pensamientos no se van. Siguen ahí cada vez más convincentes, más elocuentes, como si se pulieran a sí mismos con cada repetición de la escena en mi cabeza.

La lucha mental es agotadora, pero no del todo vana. Este torbellino del que no escapo me recuerda algo, entiendo algo: Jesús dijo que debemos perdonar 70 veces 7. Que perdonemos cada vez que la otra persona pida perdón y creo que realmente hasta ahora lo entiendo. Hay momentos, hay luchas, donde por más que queramos no podemos dejar de pecar de la misma manera vez tras vez. Por más que nuestro espíritu apunte a un lado nuestra carne hala en dirección contraria vez tras vez. Soy consciente. Me duele lastimar. Me lastimo cuando lastimo. Digo lo siento. Pido perdón. Como un puercoespín que sabe que pincha sin poder prescindir de sus púas puntiagudas. Así soy yo: pincho, hiero, apunto, disparo. Lastimo y me duele. "Lo siento", digo. "Perdón"... "¿Para qué pedir perdón si no estás arrepentida? ¿Sabes qué es arrepentirse?" "Sí lo sé" Contesto. No me cree. "Cuando sepas lo que significa estar arrepentida sinceramente entonces dejarás de hacerlo"... Y aquí sigo. Se repite todo. No se acaba.
Lo siento.
Perdón.

Yo quiero amar, pero no puedo. Yo quiero callar, pero no puedo. Yo quiero ser amable, pero soy una patada en el estómago hasta con mi mirada. Tanto que hasta yo me fastidiaría de soportarme a mí misma. 

Ahora entiendo el diagnóstico: Farisea de apellido legalista.
La cura: Amar.

No es un amor cualquiera el que me puede curar. Es el amor de Cristo. 
El que me amó cuando yo era su enemiga
Me amó hasta morir por mí culpa
Me amó y clavó el acta de decretos en mi contra cuando tenía todos los motivos para juzgarme justamente y condenarme por mi rebelión.
Ignoró los argumentos en mi contra porque me amó.
Calló de amor por mí.
Se humilló voluntariamente por amor a mí.
El amor que puede curarme no es un amor que yo no conozca. Lo experimenté y Su amor me salvó. Cuando más perdida y necesitada estaba, no me condenó, me amó.

Yo quiero amar no con mis fuerzas ni con mi razón, sino con tu amor. Quiero amar como tú amas.

Enséñame Señor. Abre mis ojos. Recuérdame tu amor ante cada necesidad de mis hermanos de ser amados. Perdóname Tú Señor. Más de 70 veces 7 me has perdonado y me sigues perdonando. Gracias por entender desde antes cuánto iba a necesitar tu amor perdonador.





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Sin amor, rechino. Por más verdad que hable mis palabras no resuenan, rechinan.



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