Aun cuando no existía nada, Él lo creó todo con el poder de su Palabra.
En la oscuridad y en la nada, en el vacío absoluto, Él fue suficiente para crearlo todo.
Cuando nuestras vidas estaban ciertamente oscuras, Él trajo luz.
Cuando en nuestra mente reinaba el caos, consecuencia de nuestras decisiones y necedad, el desorden con las consecuencias de nuestro pecado, Él trajo orden, claridad, sentido, propósito y descanso.
Cuando estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, Él nos dio vida, y vida eterna.
Hoy, en medio de la desesperanza aprendida que nos da este mundo, en medio del caos que vemos en las vidas de los hijos que amamos, la creación nos recuerda que el Dios que creó los ciclos perfectamente armoniosos de la vida que nos rodea lo hizo con su boca y con sus manos, por su Espíritu. Nos recuerda que, aunque todo parezca perdido, solo Él puede crearlo todo de la nada (Jn 3:16). El Dios que muda los tiempos (Dn 2:21). El Dios que da vida a huesos secos (Ez 37). Nos ha dado su Espíritu, que habita dentro nuestro (1 Jn 4:13), para que podamos confiar en el poder de su Palabra (Salm 33:6), la cual nunca miente (Num 23:19).
Recuérdanos, Señor, en la angustia de saber muerto espiritualmente al que amamos, en el caos de la incertidumbre, en el desorden de nuestros deseos, quién eres. Que nuestros ojos se levanten para contemplar, en la perfección de la creación, en la inmensidad de los cielos, en la fidelidad de las estaciones, en la armonía de la naturaleza y en la oportuna salida del sol junto con la luna, que aquel que gobierna es suficiente; que su poder puede crear cualquier cosa, aunque nunca antes se haya visto; que su fidelidad nos sostiene; que sus tiempos nunca llegan tarde ni dejan de llegar; al contrario, son siempre oportunos conforme a su voluntad.
Gracias, Señor, por traer luz y vida a nuestra existencia cuando solo estábamos desordenados y vacíos, sin Ti. Amén.
2 Corintios 4:6
Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo.